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Régimen propagandístico

 

La propaganda consiste en “dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores”.

Una de las frases más conocidas para denunciar el fascismo, fue aquella que se atribuye a un líder de la propaganda nazi: “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”.

En efecto, la propaganda no tiene por qué ser verdadera, pero en cambio puede transformar no sólo lo que el pueblo tiene por cierto, sino que también, en los actuales sistemas llamados democráticos, pueden modificar la composición del poder legislativo y del poder ejecutivo.

En los tiempos actuales, la propaganda circula con más efectividad que nunca, gracias a internet, y ya no es creada únicamente por los diputados y por líderes del Gobierno, sino que se crea de forma diaria y masiva por los ciudadanos de a pie.

Para que un sistema político funcione correctamente se ha de garantizar una diferencia entre gobernantes y gobernados en ciertos aspectos: Un mínimo grado de mérito, cirterio propio o independencia, y rendición de cuentas, por parte de los gobernantes.

Gracias al mérito, es decir, a una mayor formación intelectual, los representantes deberían ser capaces de diferenciar entre la verdad y la mentira propagandística mejor que lo hacen sus representados.

Gracias a un suficiente grado de independencia intelectual y política, aunque la propaganda que triunfe entre el pueblo esté basada en mentiras, los representantes, en base a la fortaleza de sus principios y su criterio propio, deberían ser capaces de contradecir al pueblo y contar las verdades.

Gracias a la rendición de cuentas, en el caso de que no digan la verdad, debería haber consecuencias previstas desde el propio sistema. Sucede más bien al revés. Dar la razón a la gente cuando miente favorece la reelección.

En nuestro actual sistema político no se da ni se promueve el necesario grado de mérito, ni de criterio propio independiente, ni de rendición de cuentas.

Durante los últimos años, la mentira circula rápidamente, y sin impedimentos, entre representantes y representados, y es incluso capaz de determinar nuestra política en cuestión de unos pocos días o unas pocas horas.

Probablemente, el primer gran ejemplo se dio en las horas previas a las elecciones que tuvieron lugar en España el día 14 de marzo de 2004.

Millones de personas proclamaban una mentira, y otros millones de personas, en lugar de proclamar la verdad, proclamaban otra mentira para contradecir la primera. Aunque lo más grave fue, que dichas mentiras provocaron una gran movilización orientada a modificar el sentido del voto, lo que pudo tener una influencia en el resultado electoral.

La principal novedad fue que se alzó, entre los principales medios de difusión de dichas mentiras, los llamados SMS. “Short Message Service”, es decir, servicios de “mensajes cortos”, que en esa época empezaron a tener un coste más reducido coincidiendo con un uso popular del móvil ya bastante común, y que en la actualidad, a través de otras aplicaciones que han surgido, se han vuelto gratuitos, coincidiendo con un uso masivo de estos dispositivos.

Una forma fácil, rápida, corta, gratuita, y masiva, de difundir las mentiras propagandísticas, y que ahora, trece años después, se han convertido, a través de las llamadas redes sociales, en la columna vertebral de nuestro régimen democrático -oclocrático- propagandístico.

La creciente politización popular, y el intento de nuestros representantes por amoldarse a la propaganda del pueblo, han creado un sistema político propagandístico en el que las mentiras se realimentan entre representantes y representados.

En nuestro sistema, una mentira repetida millones de veces se convierte en una verdad. No tenemos ni los medios, ni los mecanismos, para evitar que suceda. Más bien al revés, se ha convertido, cada vez más, en la propia lógica del sistema.

Probablemente, aquel viejo líder de la propaganda, al que se atribuye la frase antes mencionada, estaría orgulloso de cómo ha ido poco a poco evolucionando nuestro sistema.

 

Víctor Cortecero.

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