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Un mundo feliz

 

En los años ochenta, y en buena parte también de los noventa, las personas que podían permitirse usar internet formaban parte de una élite económica o intelectual, en cambio ahora estamos empezando a ver el proceso contrario, sólo algunas élites se permiten no usarlo, o prescindir de él en mayor medida:

Algunas élites intelectuales han empezado a huir de determinadas redes sociales o aplicaciones de internet donde circula la información de categoría inferior, y sólo algunas élites económicas son capaces de prescindir de internet, en un grado mayor a otras personas, por sus mejores condiciones o relaciones laborales, en el acceso a tecnologías de rango superior, etc.

Incluso siendo esas mismas élites quienes en muchos casos más se benefician económicamente de internet. Lo cual es perfectamente comprensible puesto que aquellos que no soportan las peores consecuencias de las nuevas tecnologías, no por ello van a sacrificarse personalmente aún más renunciado a obtener ventajas económicas. El cambio ha de producirse en el propio modelo o sistema. Sería ingenuo pensar que se producirá milagrosamente en las personas y en sus legítimas ambiciones.

Dice Tom Hanks con motivo del estreno de la película “El círculo” que tiene amigos que se han quitado la conexión de internet en casa y están volviendo a los teléfonos móviles antiguos, los llamados "móviles tontos", esos que no tienen aplicaciones. Concluye: “La gente está buscando formas de volverse anónima”. Quizás su conclusión sea precipitada, no se trata de “la gente”, sino más bien de sus amigos, ese tipo de personas que estén dentro de su círculo.

También decía Cristian Campos en un excelente artículo, que la resistencia a la tontuna digital la formaban un puñado de programadores, filósofos, periodistas y científicos escépticos cuyo mensaje sólo llegaba a una pequeña élite ilustrada, y que precisamente muchos de ellos provenían del propio Silicon Valley. Por lo tanto, precisamente ese diminuto porcentaje de personas que mejor conoce los efectos de internet son quienes más proceden a la desdigitalización de sus vidas.

También estas mismas élites, los mismos que nos inundan con las nuevas tecnologías, llevan a sus hijos a colegios donde estas tecnologías estén ausentes para que reciban una educación mejor sin internet, ni pantallas de ordenador, tableta o móvil… En este otro artículo dan más datos sobre la nueva generación de yonquis digitales, y cómo los fundadores de Google, Amazon o Wikipedia alejan a sus hijos de la tecnología.

El debate sobre la singularidad tecnológica de la inteligencia artificial, que puede llevarnos a que la tecnología, en lugar de ser una prótesis o una prolongación del cuerpo y de la mente la humanidad, se convierta justo en lo contrario: una tecnología más inteligente que domine a un ser humano que se convertirá en una prolongación o un elemento condicionado por una tecnología omnipresente y superior a nosotros... Ese debate, se tiene precisamente entre los creadores de dicha tecnología. Mientras prueban y debaten, como se dice en el mismo artículo, somos los ratones o cobayas de su experimento.

Buena parte de ellos guarda silencio -o incluso se dedica a resaltar sólo la parte "positiva"-, probablemente porque son los beneficiarios directos de la misma, se enriquecen gracias a ella, y son ellos quienes en mayor medida la controlan, y si se queda fuera de control, más nos vale seguir construyendo discursos optimistas para ir adaptando nuestras mentes a la distopía. Sobrevivir y ser felices será suficiente para muchos. Aunque terminemos siendo felices ratones al servicio de una élite humana, o incluso no humana, de inteligencia digital.

Los consuelos no se encuentran únicamente en quienes obtienen beneficios, sino también en aquellos ilusos que ven esta deriva como la oportunidad de poder ser al fin todos más iguales, una especie de red democrática global donde se produzca un igualitarismo donde desaparezcan las jerarquías. Una quimera feliz que es la ofrenda para cierta izquierda soñadora y desorientada, que iría por buen camino si lo que pretendiese fuera una disolución, o una devaluación aún mayor, del mérito, de la capacidad, del método y de la verdad objetiva, es decir, de aquello que también les podría resultar incómodo, autoritario, y que va en la línea del igualitarismo a la baja que, en efecto, sí se está produciendo. Es mucho más feliz que la verdad no exista y disponerla a la carta.

O una excitante aventura posthumana de posmos aburridos que necesitan otra vuelta de tuerca. En la Edad Digital se podrán incluso diluir las fronteras entre humanos y robots, entre humanos y datos procesables, o entre humanos y conejillos de indias, pero seguiremos siendo igual de felices. En el arte experimental del show business (post-)postmoderno de los ratones híbridos humanoides, nos adaptamos para poder ser, al mismo tiempo, felices productos y clientes.

La abrumadora mayoría, sigue digitalizando nuestras vidas, sin apenas darse cuenta del proceso y de sus efectos. Otros improvisamos justificaciones, o se esgrime un falso autocontrol tan propio de adictos: "puedo dejarlo cuando quiera". Aunque lo cierto es que estamos cada vez más atrapados, y con menos posibilidades de escaparnos de su consumo -salvo que se promoviera un cambio de modelo o sistema-. Si algún día se bloqueara el suministro o dejara de funcionar, el mono -y la discapacidad dependiente que se ha generado- individual y social batiría todos los récords. Cada vez será más difícil, o de una élite cada vez más reducida, poder eludir los graves efectos de una desconexión, o incluso de una desconexión o uso selectivo, y estas personas que decidieran no usar internet con normalidad serían más bien una minoría de parias, marginados de la sociedad.

Como se decía en el citado artículo de Cristian Campos: "Un sistema verdaderamente alienante no adoptaría jamás una apariencia obvia, como la de un puñado de diputados, banqueros y concejales de urbanismo corruptos, sino una mucho más sutil y taimada. Una que sea aceptada y defendida bovinamente, cuando no con entusiasmo, por una amplia mayoría de sus siervos". No es el Gran Hermano obvio, o al menos no es igual de obvio para todos. Como también se dice en este articulo, se trata más bien del mundo feliz. Nuestra distopía no es Orwell, sino Huxley.

 

Víctor Cortecero.

Más información sobre este tema en victorcortecero.com y cortecero.com

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